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    Manuales

     

     



    5:14 p. m. @ 21 mayo, 2006



    Era la hora de la comida, un gran bullicio se destapaba en el Gran Comedor, donde, todo el mundo famélico por el inicio de las clases, ingería velozmente todo aquella que caía en sus manos. Me senté, exhausta: la comida era todo un placer para mí. Me senté junto a un Robert bastante ido, por lo que le propiné un golpe cariñoso en la frente.

    - ¡Robert! – exclamé risueña - ¡Despierta! ¿Qué te pasa?: Las clases o… ¿un mal día?

    Me miró, todavía ensimismado, y acto seguido su rostro adquirió un tono rosado.

    - ¡Hola Sam! No, no tengo un mal día – respondió sonriente- ¿Has hablado con Henry?

    - Mmm… No – musité – no le he visto desde el desayuno creo… ¿Por qué?


    El comportamiento de Robert me extrañó, no tendía a ser un chico ensimismado, y mucho menos con poco entusiasmo.

    - No, por nada… - repuso sin ilusión alguna –

    - ¿Me he perdido algo? – inquirí sin pensármelo - ¡No! Espera que adivine… ¿Drummond?


    - ¡No! – dijo sonriendo – claro que no, la verdad, no sé porque te cae tan mal. Es mi mejor amiga – añadió – me gustaría que os llevaseis bien.

    Y no se equivocaba, Heather Drummond me ponía histérica: sus constantes grititos anteriores a conceder una respuesta en clase, no corroboraban más que a crisparme los nervios.

    - No me cae mal – me apresuré a mentir – solo que… no la conozco… eso es todo.

    En ese momento, Chris se sentó a mi lado, librándome de la embarazosa situación, y abriéndome una vía de escape a la conversación sobre la maldita Drummond.
    Cuando me quise dar cuenta, la hora de comer había finalizado, y yo aún no había terminado.

    - Vamos, Sam – me dijo Christine – vamos a llegar tarde –

    - Ve tú, yo ahora mismo te alcanzo – contesté engullendo una alita de pollo –


    Diez minutos después, estaba corriendo, con el almuerzo aún en mi garganta, hacia el aula de Transformaciones. Llegaba tarde, ya estaba mentalizada para el sermón de la profesora McGonagall, marcado claramente, por su fingida cordialidad – hablándote de usted – y su severidad e inexpresión. Conseguí traspasar la puerta del aula a toda prisa, justo antes de que empezara la clase.

    - Señorita Withenrose – declaró McGonagall – por los pelos. Espero que sea así siempre, usted que habitualmente se caracteriza por llegar tarde.

    Asentí y busqué a Chris a través de la marea de alumnos. Por suerte me había guardado un sitio. Me senté a su lado, y con una gran sonrisa la di por saludada.

    - Bueno, chicos – irrumpió la severa voz de la profesora – hoy practicaremos una nueva clase de hechizos. Habitualmente, se empiezan en Defensa contra las Artes Oscuras, pero el profesor Quirrell, me pidió que lo cursara yo. Estos son los hechizos no verbales.

    Chris y yo nos miramos, leyéndonos la mente. Si no podíamos estar calladas en situaciones normales… ¿lo lograríamos para pronunciar un hechizo?

    - Withenrose y Meyer, hagan el favor – regaño – Estos hechizos son sumamente difíciles, y requieren una gran concentración, por lo que os pido seriedad. Con esta taza de té que os voy a entregar – hizo un movimiento con la varita y al instante, apareció en cada mesa un vaso de infusión – intentéis transfigurarla en un ratón blanco. Siempre y cuando sea sin pronunciar palabra alguna, ya podéis empezar.

    La clase se puso en movimiento: los alumnos, se arremangaban las túnicas y retiraban los molestos cabellos de la cara, para iniciarse en lo que parecía imposible. Por mi parte, alcé mi varita y comencé a pensar en el hechizo, pinzando los labios, para evitar decir nada.

    - Así no lo vas a conseguir – inquirió una voz al lado de mí – tienes que estar muy concentrada, al menos las primeras veces.

    Era Liberty Sparrer, con su túnica de terciopelo morada, que contrastaba con su platino pelo, liso como una tabla de madera. La miré extrañada, mientras me dirigía una patética sonrisa, mostrándome orgullosa, el ratón que había logrado transfigurar. Me limité a asentir, mostrándome reacia hacia ella, tan hortera y divina a la vez.
    La profesora McGonagall se paseaba entre los pupitres, viendo los penosos – en su mayoría – resultados de los conjuros no verbales. Cuando llegó a nuestra altura, se paró en seco.

    - ¡Muy bien, señorita Sparrer! – elogió, raro en ella – Es la primera alumna que en la primera clase lo consigue. Cincuenta puntos para Slytherin.

    Liberty la miró, desafiante. Como si no la gustase que la hiciesen cumplidos, y ser el centro de atención por unos instantes. Se mostraba dura y rara ante los demás, pero yo no vacilaba ni un instante, en que era solo una máscara, detrás de la que se escondía una personalidad plana, y una necesidad de atención considerable. Me daba asco a decir verdad, no sabía porque, pero era así.

    - ¿Vas a dejar de mirarme? – preguntó burlona –

    ¿Cuánto tiempo había pasado? La profesora Mcgonagall ya no estaba ahí, y los alumnos ya estaban saliendo por la puerta de roble. No respondí.

    - Chris – dije - ¿Nos vamos?

    - Sí, claro – asintió – ya solo nos queda una clase.


    Y nos marchamos, dejando en aquel pupitre, a aquella asquerosa Slytherin que desafiaba a todos… Maldita serpiente…
    Terminada la última clase, me había citado con Noah Emmanuel Allen, un joven que pertenecía a mi casa. El profesor Binns, nos había castigado. Y era normal: ambos dormitábamos placenteramente, a nuestras anchas, y Binns, al descubrirnos, nos había mandando 25cm de pergamino sobre los squibs
    Tras estar un rato buscando de libro en libro, y escuchando las fantásticas hazañas de Noah, comenzamos a escribir, este último, sin dejar de hablar, claro.

    - Sí, un dulce merengue con pequeños topos de chocolate.

    Prorrumpí en carcajadas, intentando que mi risa no se oyese demasiado.

    - Vamos, Noah. Tenemos que hacer el trabajo.

    Nos pusimos, de nuevo, a rasgar los pergaminos, absortos en el aburrido trabajo.

    - ¿Tú que piensas de los squibs? – preguntó de repente, pensativo-

    - Pues… no lo sé, Noah – contesté – y ¿tú?

    - Si te das cuenta – comenzó – son como los mutantes en el mundo de los muggles.

    - ¿Los que? – inquirí, completamente desorientada –

    - Sí, Lobezno, Tormenta – enumeró abriendo mucho los ojos - ¡Todos eran squibs!

    Asentí risueña, mientras continuaba escribiendo. Me esperaba una tarde divertida …

    . . . ( ( (•) ) ) . . .


    Me apresuré a llegar a la Sala común, totalmente indignada. ¿Cómo podía ser? ¿Quién se creía que era para hablarme de esa manera? No entendía nada, absolutamente nada. Además… ¿Qué más me daba? Si le tenía en la palma de la mano, cuando quisiera, podía tener algo con él, tranquilamente, no tenía por que preocuparme.

    - ¡Felix Felicis! – escupí hacia el retrato de la Señora Gorda, que tras balbucear unas palabras me dejó paso –

    Allí me encontré con Christine, que, completamente hundida en el libro de Transformaciones, redactaba sobre un pergamino. Alzó la cabeza al percatarse de que había entrado.

    - Por fin de vuelta, pequeña Sam – saludó – Henry también se fue. Así que me quedé sola.

    - Hola – respondí secamente –


    Chris me miró, ceñuda y perpleja. Mis modales no solían ser así, es más, no recordaba la última vez que había dicho algo como eso.

    - Uh… - adivinó – presiento que te pasa algo ¿Me equivoco?

    Me encogí de hombros, dejándome caer sobre el mullido sillón escarlata. En un par de segundos, Christine ya estaba a mi lado, ligeramente inclinada hacia mi dirección.

    - Vamos, Sam – espetó – sabes que puedes contarme lo que quieras. ¿No tendrá esto nada que ver con…?

    - ¡No! – chillé, no quería oír su nombre, no me apetecía – Nada de eso.
    Sonrió, eran demasiados años juntas: sabía que por mucho que mintiese bien, Chris me pillaría con la mínima palabra que dijese, aunque fuese banal.

    - De verdad – intenté mentir, en vano, pues en los ojos de ésta se describió un extraño brillo – Bueno, vale… es por él.

    - ¿Ves? – me restregó – si es que sabes que no se me escapa una, señorita Withenrose.


    Mi cara esbozó una tímida sonrisa. Me encantaba hablar con ella, incluso de temas que me incomodaban. Realmente teníamos confianza suficiente para hablar de todo lo necesario.

    - Ha sido en la Biblioteca – comencé – Me he acercado a él, y… ¡No ha hecho nada, Chris! Ningún símbolo de que yo siguiese…bueno, que le siguiese…

    - Sí, que le siguieses gustando.


    - ¡Sí! Y ¿Te lo puedes creer? Me fastidia, me fastidia y mucho – protesté – además se ha tomado la libertad de contestarme con antipatías. Esa Liberty le está comiendo el coco.

    - ¿Liberty? – interrumpió Chris - ¿Qué me he perdido?


    - Pues sospecho que a Arch le gusta Liberty – dije malhumorada – no sé, pero es que no sé como le puede gustar esa hortera, tan rara, que siempre va despreciando.

    - Yo a eso, más bien le llamaría celos – ironizó – es normal Sammy, ten en cuenta que Arch lleva mucho tiempo detrás de ti. Y aunque cueste reconocerlo, pues, siempre nos gusta que alguien nos quiera.


    Negué con la cabeza, rechazando esa teoría.

    - No es eso Chris – desmentí preocupada – lo peor es que creo que….que creo que me estoy enamorando de Archelaus

    =OUT=
    ¡Revelación! ¡Revelación!
    Enfín, pote con Ani, con Tempi, y con Ire.... Ani me encanta Noah!!! y sus mutantes, que al final lo manejé un poco como quise so...si quieres que cambie algo, no dudes!

    Prud!

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