4:42 p. m. @ 21 mayo, 2006
Las diez menos cuarto. Tic, tac, tic, tac. No sé como lo conseguía, pero el profesor Binn podía llegar a ser el hombre más aburrido de Hogwarts. Y creo que yo no era el único que lo pensaba, Samantha… no-sé-qué-apellido-raro, perteneciente a mi casa, llevaba más de media hora prácticamente dormida.
Todos los años se celebraba el mismo ritual. La Fundación de Hogwarts, pasando por la apasionante historia de Godric Gryffindor, Helga Hufflepuff, Rowena Ravenclaw y Salazar Slytherin, que casualmente todo el mundo, sin excepciones, se sabía. Incluso había llegado a encontrar entrañable –sí, entrañable, había caído mucho más que bajo-, la entregada labor de Helga Hufflepuff, que se limitaba a aceptar a todo el mundo en su casa. Tampoco era gran cosa, ahora, una cantidad absurda de años después, el Sombrero Seleccionador enviaba a los alumnos a donde le parecía oportuno como si una partida de strip poker con Wonder Woman se tratara. Quiero decir, te da igual perderlo todo con tal de que la morena se quite aunque sea las botas.
-Durante muchos años, la administración funciono muy bien. Cada uno de los fundadores escogía a un grupo de estudiantes para que perteneciese a su casa, y aunque existían diferencias de opinión entre ellos sobre como enseñar, la escuela estaba unida. Desgraciadamente…
Tic, tac, tic, tac…
-¡Señorita Withenrose! – bienvenida al mundo - ¿Le parece a usted confortable la mesa, o me permite hechizar una almohada para que esté más cómoda?
-Ehh… Lo siento profesor – contesta en voz baja.
El profesor, que se había acercado hasta la mesa de Samantha, parecía pensativo.
-Veinticinco centímetros de pergamino sobre los Squibs – se gira y se me queda mirando – Espero, señor Allen que no tenga ningún inconveniente en acompañar a la señorita Withenrose. ¡Y despierten, están aquí para aprender!- se aleja hacia su mesa murmuran algo sobre la época de los dinosaurios y sus tiempos.
Las diez, al fin. Jamás me había alegrado tanto al escuchar el chirrido insoportable de las campanas que marcaban el final de la clase. Aunque si soy sincero, que tu profesor de Historia de Magia te mande un trabajo de veinticinco centímetros con una persona a la que no conoces, no ayuda a estar de muy buen humor.
La chica en cuestión se llamaba Samantha Withenrose, era Gryffindor y guardaba cierto parecido con Susan Richard, Susan Storm de soltera. Más conocida como la Chica Invisible. Era guapa, supongo que sería como las demás, algo físico y no te hagas ilusiones porque todo el mundo lo sabe, las chicas de Hogwarts, belleza interior: cero. Al menos las que yo he conocido, y cuando digo conocer quiero decir, “vamos a burlarnos de Allen”.
-Ya lo hago yo- dijo la chica que se encontraba a mis espaldas.
-No.
-¿No? Tú no tendrás que hacer nada, de verdad. Lo hago yo, y lo entrego por los dos.
Claro que sí. Lo haces tú, lo entregas y le dices al profesor “el harapiento de Allen no ha ayudado en nada, bla, bla, bla” No. Nunca jamás en la vida.
-Lo haremos los dos, mucho que te pese. Seremos como Batman y Robin.
Yo seré Batman, aunque seamos realistas. Tú serías Hiedra Venenosa.
-¿Betman y…? Da igual, en serio, lo haré yo. No me importa, ha sido por mi culpa.
-¿Ha sido culpa tuya? Es decir, ¿duermes por los dos? Porque si es así, sería fantástico, yo podría pasarme las noches en vela. Tengo un montón de cómics apilados en la habitación que créeme, necesito leer ya- contesté con sarcasmo.
-Esta tarde en la biblioteca- murmuró frunciendo el ceño y apretando los labios.
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-Vamos a ver, tengo aquí varios libros sobre Squibs.
Deja caer una torre de libros que la cubría casi entera sobre la mesa de la biblioteca. A estas horas estaba vacía, los alumnos dedicaban su tiempo a marginar a los marginados, y los marginados dedican su tiempo a marginarme. No a cumplir castigos.
-Creo que “Socorro, mi hijo es un Squib” no nos será muy útil- contesté bromeando con el libro entre las manos.
-Este tampoco- me pasa un libro de pastas desgastadas en las que está grabado el título “¿Son los Squib seres oscuros?” y como subtítulo “… ¿o simplemente subdesarrollados?”
-Y yo creo que esos libros no son los más adecuados para una biblioteca que es consultada por muchos alumnos partícipes de la pureza de sangre- se deja caer en una de las sillas.
-Bueno, mientras no los usen como armas mortales. Aunque bueno, actualmente te puedes esperar cualquier cosa, el otro día me corté con una hoja de Un año con el Yeti.
-¡Eh! Podría haberme muerto, soy muy sensible a la celulosa- afirmo con rotundidad.
-Sabía que tras esa máscara Hiedra Venenosa era un dulce merengue.
-¿Dulce merengue?
-Sí, un dulce merengue con pequeños topos de chocolate- y creo que eso tiene que estar buenísimo, sobretodo porque lleva chocolate. Chocolate, podría alimentarme solo de ese dulce y no morir nunca. En todo caso llegaría a dejar de usar cinturón, y tendría que ensanchar los pantalones bastante.
Anónimo
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