1:00 a. m. @ 06 mayo, 2006
Los rayos de sol, se filtraban por la ventana de vidrio de la habitación de color granate y dorado. Me desperté, deslumbrada, y me incorporé en la cama. Tardé un rato en reconocer donde estaba: no, no era ni España, ni mi pequeña casa de Londres, estaba en Hogwarts. Dirigí una mirada rápida hacia la cama de al lado, donde Christine dormía, completamente destapada, y hecha un ovillo. El frío se filtraba sin piedad a través de las rudas paredes de piedra. Me tapé hasta el cuello y llevé las sábanas a mi nariz, para aspirarlas: olía a magia, olía a casa. Nada me hacía más feliz que volver allí. A pesar de que en mi casa me sentía muy a gusto, pasaba diez meses inolvidables en aquel antiguo colegio, con mis amigos, ese era mi verdadero hogar.
Tras un rato, pensando, me libré de la confusión morosa que me servía de sueño, y decidí levantarme, para tomar una ducha. Sentada en la cama, posé mis pies sobre el gélido suelo y me levanté. Atravesé la habitación circular, echando alguna que otra mirada de desprecio hacia la cama donde Heather dormitaba y preguntándome porque demonios Chris nunca pasaba frío. Cuando por fin llegué al baño, abrí cautelosamente los grifos, y pasados unos segundos, me sumergí entre las humeantes aguas.
Terminé de ducharme diez minutos después, y ya estaba en la habitación, poniéndome el uniforme, y hablando con una Christine recién levantada.
- Chris, date prisa – gruñí- siempre llegamos tarde el primer día y no llegamos a tiempo para darnos los horarios.
Esta se estiraba, perezosa.
- Ya voy, ya voy – respondió arrastrando extrañamente las palabras y se dirigiéndose hacia el baño – es el primer día y ya me metes presión…
Suspirando, me tendí en la cama, y me entretuve leyendo una edición antigua de “El profeta”. Y tras unos minutos que se me antojaron interminables, Chris salió del baño perfectamente arreglada, como siempre.
- ¿Contenta? – preguntó irónica –
Asentí, divertida.
- Vamos, me muero de hambre.
- Bueno, Sam ¿tú cuando no tienes hambre?
Le propiné una palmada en el brazo, cariñosa.
Entre conversación y conversación, fuimos bajando, una por una, las escaleras de aquel inmenso castillo que tanto conocíamos, y que tanto nos gustaba. Llegamos a las escaleras móviles.
- Oye, Chris – comencé- ¿has oído lo de las desapariciones este verano?
- ¡Oh!- exclamó – pues claro, salió en todas partes.
La escalera se movía, a trompicones.
- No lo sé, mis padres oyeron comentar algo de… un nuevo movimiento de magos oscuros… que al parecer van….
- Contra los hijos de muggles – interrumpió – en fin, supongo que no tendremos que preocuparnos, no creo que lleguen lejos.
Asentí, esperando que aquellas palabras tuviesen razón.
Por fin llegamos al Gran Comedor. Nos adentramos en aquel barullo de gente, que parloteaba y reía. Dirigí mi vista hacía la mesa de Slytherin… serpientes. Pude ver a Regina, aquella arpía sin piedad, con su tropa habitual de amiguitas perfectas.
- Sam, vete sentándote y cógeme un sitio, porfa. Ahora mismo voy.
La voz de Christine me sacó de mis pensamientos, por lo que no me dio tiempo a responder, cuando ya se iba. Me encogí de hombros y encaminé mis pasos hacia la mesa de Gryffindor. Me senté junto a Henry, que devoraba una tostada, hambriento.
- ¡Buenos días! – exclamé – Tú como siempre, levantándote tan pronto.
Masticó sonriendo.
- Sí, ya me conoces. Oye ¿Dónde está Chris? – preguntó – Juraría que la he visto entrar junto a ti.
Suspiré, cogiendo una porción de tarta, y le di un sorbo a mi zumo de calabaza.
- No lo sé, me dijo que ahora venía. – respondí con la boca llena –
Henry se limitó a mirarme con mala cara. Debido a sus exquisitos modales, no permitía ese tipo de situaciones. Tragué como pude y sonreí.
- Lo siento, Henry, estoy hambrienta.
El desayuno pasó sin más contemplaciones hasta que Christine regresó, aparentemente con mucha hambre, por lo que apenas habló.
- Bueno, voy a por los horarios – comenté –
Chris me miró con la típica cara de “soy superprefecta y ya tengo los horarios”. Una sonrisa se dibujó en mis labios y me dirigí hacia la mesa profesoral. Me pareció ver la enmarañada melena de Archie saliendo de la sala pero no le di importancia alguna. No sabía lo que me pasaba con él: sentía que lo quería mucho y me obligaba a pensar que solo como a un amigo, pero otra parte de mí me decía que aquello no era así, que ahí había algo más. Sentí una punzada en mi estomago, provocada por los celos, cuando le descubrí mirando fijamente a Liberty Sparrer. Una Slytherin que dejaba bastante que desear, y, que poseía una personalidad un tanto extraña. Me dije que eran muchos años los que había pasado junto a él e intenté olvidar el tema. Cogí entre mis manos el pergamino amarillento que me tendía una sonriente McGonagall y volví junto a mis amigos.
- Ey… ¡Empezamos con Defensa contra las Artes Oscu… ¿Qué os voy a decir que no sepáis ya verdad? – corregí contemplando de nuevo las perfectas y responsables caras de prefectos – siento haberos subestimado…
Prorrumpimos en sonoras carcajadas, provocando que algunos alumnos desviasen sus miradas hacia nosotros, pero no me molestaba. Nunca me había ocasionado molestia alguna, yo era así.
- Bueno, chicos – suspiré irónica – os dejo, como todos los años, con vuestras labores de perfectos y yo iré yendo, solitaria y desconsolada, hacia el aula de Defensa contra las Artes Oscuras.
El gesto de Chris osciló entre la sonrisa y una fingida cara de pena. Acto seguido se giró hacia Henry.
- ¿Acompañas tú a los de 1º hasta el Invernadero y así acompaño yo a nuestra pequeña Sammy para que no se pierda? Porfaaaa....
Me agaché ante Henry suplicándole con los ojos, así por fin Chris se decidiría a contarme “eso tan importante que pasó en verano”.
- Bueno, vale – respondió gruñendo – Pero que sepáis que me debéis una.
Le guiñé un ojo y después, le di un caluroso abrazo. Sabía que lo haría, no había nadie más generoso que él, era un encanto. Christine y yo le dimos un beso, cada una en una mejilla, haciéndole sonrojarse.
Al rato, Chris y yo ya andábamos por los anchos y conocidos pasillos de Hogwarts, pasando al lado de infinidad de cuadros que se movían a nuestro paso. Habíamos hablado durante todo el camino, y por fin Chris se había decidido a contármelo.
- ¡NO! – exclamé incrédula - ¡No es posible! ¿Mark Lestom? ¿El capitán del equi…
- Si – aclaró vergonzosa – es tan mono.
- Pero ¿serás…? Está buenísimo, medio Hogwarts suspiró por él en sus siete años aquí.
Negué con la cabeza.
- Anda dame un beso, que te lo mereces.
Agarré con fuerza su cuello y la aproximé hacia mí, ofreciéndole un sonoro beso en la mejilla. Ella no hacía más que reír. Y yo, no me lo podía creer, parecía que por fin había encontrado su chico indicado.
Apareció de repente una silueta adulta y masculina. Sus labios finos se abrieron dejando paso a unas palabras.
- Señoritas, dejen de armar escándalo y a clase.
El profesor Quirrell, de estatura mediana, y de aspecto famélico, nos invitaba con un gesto a entrar.
Prud!
_ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _ _