Viernes de Lance
1:54 p. m. @ 30 junio, 2006
Tenía las manos encharcadas en sangre, sangre que iba tiñendo ceremoniosamente mi ropa. Ya había hecho lo que tenía que hacer, pero... ¿ahora qué? Se acabarían enterando: Era una locura.
Me miré al espejo, el sudor caía por mi frente, y mi rostro era la síntesis de la desesperación: desencajado, desaliñado. Ya no era yo. Era uno más de ellos, pero ¿era necesario todo eso?
El espejo se rompió en mil pedazos, y mi rostro se reflejaba entre sus restos, como un fantasma que se debate entre la vida y la muerte.
Me senté en el baño, dispuesto a echarme a llorar y a no salir de allí jamás, me acabarían encontrando y todo se acabaría.
En ese momento entró Alexis, que pareció no percatarse de mi presencia, y continuó hacia el lavabo, pero enseguida se fijó en el rastro de sangre que había a mi alrededor. Su cara se desencajó y me miraba con los ojos desorbitados.
-¿Qué coño te ha pasado?-terminó diciendo.
-Nada... Por favor, vete. Quiero estar solo.
-Pero, tío, ¡Mírate las manos! ¿Se puede saber dónde has estado?-Alexis seguía insistiéndome, y yo empezaba a cabrearme.
-¿Quieres dejar de ser tan pesado?
-Acaba de ser atacada una alumna, y tú estás encharcado en sangre, y... ¿pretendes que no te vaya a...?
El rostro de Alexis se quedó blanco. Alguien estaba sosteniéndolo por el cuello, impidiéndole a hablar y dejándole apenas poco espacio para respirar.
Era el chico de la otra noche, de voz metálica, fría, sin sentimientos.
Tras unos instantes de silencio lo lanzó contra el suelo, a donde Alexis llegó dolorido y lamentándose de las contusiones.
-Más te vale mantenerte alejado de esta situación, ¿eh, McHallen?-le dijo el otro muy seco.
Alexis seguía lívido, no conseguía articular palabra, aunque finalmente se levantó y salió corriendo.
El chico se dirigió hacia mí con mirada desafiante.
-Bien hecho, Urquhart. El Señor Oscuro está muy orgulloso de ti. No la has matado, pero la has dejado malherida, así conseguiremos que les entre el miedo. Es nuestra mejor arma: el miedo. Recuérdalo, por encima de tu persona, estan nuestras obligaciones como mortífagos. A él le debemos todo, no lo olvides.
Se marchó sin dejarme contestar, y me dejó allí solo, mientras los cristales reflejaban en lo que había convertido: un mortífago.
Carlos
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